jueves, 8 de marzo de 2012

En Atlixco

Un grupo de escritores, más que amigos, mi familia literaria: Esperanza, Mario, César, Israel, Saúl y yo; bohemios desequilibrados, que encontramos en la literatura nuestra Estrella Polar, fuimos invitados para leer en la Casa de la Cultura de Atlixco. Nos preparamos con entusiasmo para el evento porque, ir a Atlixco siempre es un placer, ya sea por flores, muchas flores o por una rica nieve al Zócalo, por un buen plato de Cecina o bien, por un pedazo generoso de buen sol para la piel un fin de semana cualquiera.
En mi caso, de vez en cuando suelo ir a Atlixco en busca de buenos recuerdos, cuando visito a los amigos, queridos colegas del tiempo en que fui vendedora de coches, tiempos en que ese oficio era una forma de ser en esta búsqueda constante de realización que es la vida, pero que tuve que dejar de lado, muy a mi pesar, porque no logré encontrar un espacio en ese mundo de carrocerías color rojo bermellón o plata y arena metálicos, de defensas cromadas, de faros de niebla, rines de aluminio e interiores equipados. El oficio me desgastaba, pero Atlixco me seducía con su magia y, sin darme cuenta, me atrapó para siempre.
En suma, a Atlixco se va porque sí, con excusas o sin ellas, pero por fortuna, leer en la Casa de la cultura con mi muy peculiar familia literaria, es excusa suficiente para visitar Atlixco, y también es, Excusa para un bar.